
Asumir procesos de conservación de ecosistemas y comunidades biológicas resulta ser una labor que rebasa los conocimientos estrictamente biológicos y precisa de un abordaje interdisciplinar que incluye esfuerzos conjuntos de profesionales de diferentes áreas. Uno de los vértices de esta iniciativa es la educación ambiental, que busca lograr que tanto los individuos como las colectividades comprendan la naturaleza compleja del medioambiente y adquieran los conocimientos, los valores y las habilidades prácticas para prevenir o solucionar problemáticas ambientales ((Martínez, 2021). El propósito de este escrito es evidenciar la complejidad con la que se puede abordar la educación ambiental teniendo en cuenta las implicaciones científicas, lúdicas y emocionales que tiene el avistamiento de aves y cómo esto puede incidir en las iniciativas para su conservación.
Es indiscutible que las aves generan una acentuada fascinación a los seres humanos, lo cual se debe a varias características, entre las cuales se cuentan su canto, sus formas diversas, su colorido plumaje, su comportamiento de cortejo, el cuidado de sus polluelos y su conspicua presencia en cada paisaje sobre la tierra o el mar. No es de extrañar que hagan parte de canciones, pinturas, leyendas, emblemas o cualquier otra forma de arte, resultado de una actividad que, al parecer, ha hecho parte de las diferentes culturas a lo largo de la historia: el avistamiento de aves. Con esa tendencia, para finales del siglo XIX se crean las primeras organizaciones enfocadas en la observación y estudio de las aves, como es el caso del Nuttall Ornithological Club (1873) o la National Audubon Society (1896), organizaciones prestigiosas que integraron los hallazgos de la biología evolutiva y de la ecología para encaminarse en la conservación de estos animales. Siguiendo esta tendencia, durante el siglo XX aparecen numerosas organizaciones con el objetivo de estudiar y conservar a las aves y sus hábitats, como es el caso de la Asociación Bogotana de Ornitología (ABO) en 1989.

Inicialmente se deben considerar las motivaciones por las cuales las personas deciden hacer parte de una organización como la ABO. En una charla magistral publicada en 2008, el ornitólogo Luis Germán Naranjo expone las diversas formas de acercarse al conocimiento de las aves, enfocándose en tres: desde el punto de vista de los ornitólogos, el de los pajareros y el de los observadores “puros”. Los ornitólogos se empeñan en la producción de conocimiento estrictamente científico para ampliar la información disponible sobre ecología, etología, biogeografía o cualquier otra rama de la ornitología, y a pesar de que la apreciación lúdica o estética es inherente a la humanidad del ornitólogo, su enfoque se basa en la aplicación del método científico, la publicación de sus hallazgos y la validación de estos por parte de sus pares. Por otro lado están los pajareros (birders) que, como menciona Naranjo, se interesan principalmente en aprender a reconocer el mayor número de especies de aves en el campo empleando diferentes habilidades que permiten hacerlo, como la vista, el oído, la ubicación geográfica, etc. Esta actividad tiene un marcado componente lúdico, y en ella han encontrado su nicho las guías de campo, los listados, eventos como el Global Big Day y una terminología especializada (referirse, por ejemplo, al primer avistamiento de una especie como “lifer”). Por último, están los observadores “puros” (bird watcher), para quienes la observación de aves tiene un acentuado valor estético; en este caso no hay un interés en producir conocimiento o adquirir habilidades ni acrecentar el listado de avistamientos, sino se enfoca en el placer y el mérito emocional que implica, lo cual es más que suficiente para el observador; este disfrute, en algunos casos, puede derivar en la producción de fotografía, ilustración, poesía o cualquier otra forma de arte. Como se podrá inferir, estas categorías no son excluyentes y cada uno puede tener diferentes motivaciones simultáneamente, situación que enriquece tanto a nivel individual como colectivo. Por otro lado, aunque estas categorías son artificiales, resultan de gran utilidad para entender las motivaciones que se tienen al momento de involucrarse en el avistamiento y estudio de las aves.


Así mismo, la categorización expuesta también proporciona elementos valiosos que se pueden aplicar a procesos de educación ambiental. Coincidencialmente, las tres formas de acceder al mundo de las aves tienen consideraciones pedagógicas que han sido estudiadas por el profesor brasileño Ronaldo Gonçalves de Andrade Costa (2007). En primera instancia se menciona a las aves como motivadoras de una educación científica, la evidencia ha demostrado que la observación de aves mitiga el desinterés, facilita la comprensión de temas científicos y propicia un cambio conductual en niños y adolescentes, puesto que les permite experimentar situaciones reales en las cuales pueden aplicar directamente los conocimientos aprendidos. En consecuencia, varios autores han señalado la necesidad de “decodificar” el conocimiento científico, el cual generalmente se presenta en términos técnicos para que sea accesible a aquellos que no tienen formación científica, este proceso, denominado “transposición didáctica” facilita el aprendizaje de conceptos sin perder su rigurosidad. Al parecer, tener en cuenta esto último ayudaría en la popularización de la ornitología y es uno de los retos en cualquier proceso educativo formal o no formal, que allanaría la articulación e inclusión de la población en las acciones de educación ambiental para la conservación de las aves.

Por otro lado, la observación de aves integra un valor lúdico, puesto que permite la sensibilización a través de los sentidos, al desarrollar las habilidades para localizar, seguir, escuchar e identificar aves. Esta experimentación resulta esencial en la enseñanza de las ciencias naturales, pues es el fundamento de su aprendizaje. El desarrollo de estas habilidades favorece la incorporación de variados conceptos que resultan necesarios para los amantes de las aves, como es el caso de comportamientos, morfología, vocalizaciones, movimientos, horas de actividad entre un sinnúmero de aspectos, que, además, permiten el surgimiento del pensamiento crítico y la verdadera afición a una actividad, que en un país como el nuestro ofrece posibilidades ilimitadas.
El tercer aspecto, que Costa presenta como la experiencia de la belleza de las aves, aunque subvalorado, puede ser clave en los cambios de actitudes y conductas que favorecen la conservación de las aves y sus hábitats. Como se mencionó en las primeras líneas de este escrito, las aves producen fascinación y lo han hecho desde mucho tiempo antes de que se fundara la ornitología como ciencia. Los observadores “puros” de los que habla Naranjo son aquellas personas que valoran en mayor medida la experiencia estética y emocional, incluso en la ABO se conocen personas a las que poco les interesa aprender el nombre y los datos científicos, tan solo quieren observar las aves en su entorno natural, estar entre los árboles, caminar en el campo, sentir el viento, el sol, el calor y los demás aspectos asociados. Lo estético y emocional presenta oportunidades que pueden ser estudiadas y aprovechadas para enriquecer las actividades educativas y de conservación. En este sentido, se presentan a continuación dos puntos de vista que se complementan: por un lado, la ornitofilia, y por el otro, la etnoornitología.

El célebre biólogo y conservacionista Edward O. Wilson presentó el concepto de “biofilia” en 1989, definiéndolo como la tendencia innata de todos los seres humanos a sentirse identificados con la naturaleza. La biofilia se expresa en una gama de emociones que experimentan las personas, que van desde la aversión hasta la atracción, del temor a la indiferencia y de la tranquilidad a la ansiedad (Sánchez & Garza, 2015). La solidez de la propuesta de Wilson es que se basa en una enorme cantidad de evidencia que demuestra que muchas de estas conductas no son aprendidas, sino que hacen parte de nuestro comportamiento congénito. Esto lleva a pensar en la ornitofilia no como un mero gusto, sino como un conjunto de sensaciones y motivaciones que, incluso, pueden tener un efecto fisiológico en las personas que las experimentan. En 1999, Wilson amplió el concepto de biofilia de la mano del sociólogo Stephen Keller, proponiendo nueve valores asociados que son fundamentales para la psicología conservacionista y la educación ambiental. Esta conceptualización ha sido utilizada en diversas investigaciones sobre iniciativas de educación ambiental y, sorprendentemente, han demostrado que es posible modificar la percepción que los jóvenes tienen de la naturaleza a través de cursos que aborden más los aspectos emotivos que los técnicos (Hung, 2010).

En este punto, donde se ha profundizado sobre el aspecto más humano del avistamiento y conservación de las aves y sus hábitats, adquiere sentido hablar de la etnoornitología, que es una subdisciplina de la etnozoología dirigida a estudiar las relaciones (tangibles e intangibles) entre los animales y los humanos. (Medrano, Zamudio & Cazenave, 2017). Sonia Tidemann y sus colaboradores mencionan que “la etnoornitología es útil porque se refiere al amplio complejo de interrelaciones entre las aves, los seres humanos y todos los demás seres vivientes y no vivientes, tanto en las esferas terrestres o extraterrestres como en las del cuerpo o el espíritu”. La etnoornitología se ocupa de estudiar la forma como las culturas humanas han aprovechado a las aves, incluyendo desde lo más utilitario ―como usar sus plumas para elaborar objetos― hasta la inclusión de aves en sus narrativas, leyendas o cosmovisiones. En un país con una diversidad cultural y étnica tan grande, sería de mucho interés recuperar estos conocimientos que las comunidades tienen acerca de las aves y emplearlos para hacer procesos de educación ambiental contextualizada, que permita construir programas de conservación consensuados con las poblaciones humanas que hacen parte de un territorio.

Como se puede evidenciar, los procesos educativos encaminados a la conservación requieren de una visión más integral de la influencia que tiene el avistamiento de las aves en los seres humanos. Esta cuestión apenas se empieza a abordar, como lo demuestra la tendencia; de las 29 publicaciones consultadas para elaborar este escrito, la gran mayoría exponen experiencias en las cuales se emplea el avistamiento para la enseñanza de conceptos científicos y sólo 7 abordan el avistamiento encaminado específicamente a la conservación de ecosistemas, los cuales, en la mayoría de los casos, se enfocan en el aprendizaje de conceptos técnicos dejando de lado tanto lo lúdico como lo estético. Esto sucede probablemente porque han sido desarrollados por ornitólogos y otros profesionales sin formación educativa. Solo tres documentos muestran un abordaje integral del avistamiento de aves como estrategia de educación ambiental, uno de origen brasileño y otros dos de origen colombiano que trabajaron con niños en educación inicial, donde prima este tipo de actividades con enfoque integral.
Las evidencias presentadas sugieren claramente que las iniciativas de educación ambiental deben orientarse a conciliar lo técnico (referido al conocimiento científico), lo lúdico (dirigido a lo motivacional), lo ético (para generar valores) y lo estético (relacionado con el disfrute de la belleza) para alcanzar las metas en lo que se refiere a la conservación de las aves y sus hábitats. Para lograrlo, la condición sine qua non es el trabajo interdisciplinario entre ornitólogos, psicólogos, sociólogos, educadores y cualquier persona motivada por este tema, todos obviamente deben ser también observadores de aves y estar dispuestos a dialogar desde sus motivaciones personales y profesionales. Además de estar abiertos a ampliar los conocimientos, incluyendo los aportes de la etnoornitología y más que nada definiéndose como ornitófilos, personas sensibles a las aves y movidas afectiva y críticamente hacia su conocimiento y conservación.
Bibliografía citada:
Costa, R. G. D. A. (2007). Observação de aves como ferramenta didática para educação ambiental. Revista Didática Sistêmica, 6(julho a dezembro), 33-44.
Hung, R. (2010). Educating for Ecophilia through Nature. 7.
Martinez, J. F. (s.f.) Manual Educacion Medio Ambiente.Fundamentos de la Educación Ambiental. Recuperado 13 de julio de 2021, de https://www.unescoetxea.org/ext/manual/html/fundamentos.html
Medrano, C., & Zamudio, F. (2017). ETNO-ORNITOLOGÍA: UNA CIENCIA QUE TODOS SABEN. 6.
Medrano, C., Zamudio, F., & Cazenave, J. (2017). ETNO-ORNITOLOGÍA: UNA CIENCIA QUE TODOS SABEN. 6.
Naranjo, L. G. (2008). Pajareros, Ornitólogos o “Pajarantes”: Reflexiones para una ornitología del siglo XXI. 18, 5.
Sánchez Miranda, M. P., & De la Garza González, A. (2016). Biofilia y emociones: Su impacto en un curso de educación ambiental / Biophilia and emotions: their impact on an environmental education course. RICSH Revista Iberoamericana de las Ciencias Sociales y Humanísticas, 4(8), 123. https://doi.org/10.23913/ricsh.v4i8.42
Tidemann, S. C., & Gosler, A. (2012). Ethno-Ornithology: Birds, Indigenous Peoples, Culture and Society. Earthscan.



